400 días y 400 noches

Escrito por el 7 julio, 2021


Al presidente Duque le quedan 400 días. En realidad, esa noticia tiene, a la vez, algo de bueno y algo de malo. Lo bueno es que son pocos días, pero lo malo es que esos días también incluyen sus noches. ¡Qué pesadilla!
A Duque se le fue la vida. Ser presidente tan joven y, al mismo tiempo, hacerlo tan mal es una tragedia personal. Sí, una tragedia personal, pues vivirá mucho tiempo, décadas, en el más absoluto desprestigio ante la mirada enjuiciadora de quienes verán a un expresidente al cual el cargo le quedó grande. Y en el caso de Duque es aún más grave, pues antes de ser presidente no fue nada importante, pero nada es nada. Sus ejecutorias se habían limitado a ser un funcionario de quinta categoría en el BID y un senador con el único mérito de que los votos con los que alcanzó dicha investidura no eran ni siquiera de él sino de Uribe, su patrón del mal.

Ahora bien, adentrándonos en el terreno de lo institucional, lo de Duque es lamentable, angustiante, dirían en mi tierra las más refinadas señoras. Gobernó como títere de Uribe, quien fue también su gran elector en las presidenciales y, obvio, su patrón del mal. Gobernó de frente al uribismo, pero de espaldas al resto del país, es decir, ignorando a esa mayoría que hoy no es uribista, porque, por decir lo menos, ya está mamada de Uribe y de sus secuaces vinculados al delito. Duque, con un poco más de 40 años, será recordado como el presidente más retrógrado, como el que gobernó disfrazando la realidad e ignorando la modernidad ideológica. A él no le importan aquellos que claman por un cambio profundo en la sociedad. Gobernó de espaldas a la gente que necesita un empleo digno y dignificante, de espaldas a un país que demanda a gritos oportunidades para acceder a la educación, de espaldas a las personas que aspiran a vivir en una Colombia solidaria con conciencia social y de espaldas a un país que odia a los funcionarios y empresarios corruptos, que se roban el dinero de todos.

Como era previsible —lo dije desde el primer día—, Duque ha sido un fiasco. Se le veía en su vacía forma de hablar, en su manera tan primaria de afrontar los problemas, en su infame idea de hacer trizas la paz y en su inane economía naranja como motor de desarrollo de la economía nacional.

Se le veía el fracaso hasta en su forma de contar cabecitas en el Bernabéu ante la mirada atónita del astro Butragueño y de Florentino Pérez, presidente del Real Madrid. Se le veía el fracaso cuando le dijo a Felipe VI que Uribe le mandaba a decir que lo quería mucho, ante la perplejidad del rey, quien no daba crédito al insólito mensaje y el torpe mensajero. Se le veía el fracaso cuando cantó al alimón con el entonces presidente de Ecuador, Lenin Moreno, esa canción de Serrat y Machado que dice “caminante no hay camino”. Se le veía el fracaso cuando hizo el monumental oso de los siete enanitos en plena reunión en la Unesco al pretender explicar su amarga economía naranja. En fin, el fracaso se veía venir, era imposible no advertirlo y Duque supo recordarlo día tras día.

Este Gobierno no combatió la corrupción con férrea voluntad, no acabó con los cultivos ilícitos, no dinamizó la economía, no industrializó el país, no acabó con el Eln pero tampoco hizo la paz con ellos, no disminuyó la violencia, no redujo la delincuencia urbana, no disminuyó la informalidad ni el desempleo, no hizo una reforma constitucional a la justicia ni al sistema de pesos y contrapesos, y tampoco eliminó los privilegios de los poderosos.

En fin, a este Gobierno tan solo le queda la monstruosa cantidad de 400 días y 400 noches —parecido a la canción 19 días y 500 noches, de Sabina—. En este tiempo no hay que esperar grandes ejecutorias, pero sí un gran anhelo: que pasen los días rápido y llegue un nuevo presidente que nos demuestre que es posible retomar el rumbo, aunque para eso hay que trabajar estos 400 días y sus 400 noches en consolidar un candidato de centro que derrote en las presidenciales a la derecha radical y a la izquierda radical, pues Colombia no aguanta otro fiasco como Duque.

Pablo Felipe Robledo

Columnista

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